[Columna] Educación más allá de la emergencia

caro

Por Carolina Albornoz Narváez
Directora Ejecutiva Fundación Caserta

Mientras vivimos los momentos más duros desde que comenzó la pandemia por COVID-19, y la realidad nos aterriza fuertemente a un escenario sin certezas, hay países que levantan la frente y ya miran más allá de la emergencia, arrojándose a revisar sus modelos educacionales profundamente. Entendiendo la educación y su calidad, como “el” vehículo de (re) construcción e identidad social para un futuro sostenible.

Por ejemplo, según consignó el diario El País, España comenzó hace pocos días un proceso de reestructuración que replantea el “cómo” y el “para qué” se enseña. Entonces, la pregunta surge de inmediato: ¿en qué sentido debemos dar énfasis y construir un modelo educativo propio en Chile que nos haga sentido como identidad país, pertinente al territorio, con las particularidades geográficas e interculturales de nuestro país?

Frente a esto podríamos decir que el impulso español y de otros países, independiente de sus modelos particulares, abren una oportunidad de analizar nuevos enfoques educativos, los cuales surgen como respuesta a los desafíos del siglo XXI y que dichas decisiones nos acompañarán, al menos, hasta el siglo XXII.

¿Es o no factible, hoy, transitar de un modelo basado en lo cognitivo, donde se prioriza la adquisición de conocimientos (que incluso es medido en pruebas como el SIMCE), por otro donde lo relevante sea la aplicación de dichos conocimientos?

Buscando actualizar y flexibilizar la mirada tradicional de la educación formal, que promueva una visión multidimensional y sistémica del proceso educativo con foco en el desarrollo humano, la respuesta es que sí es factible, necesario, legítimo y urgente. Complementando el aprendizaje de conocimientos con el desarrollo de habilidades, actitudes y valores, por ejemplo, en base a proyectos.

Esto despejaría el asignaturismo existente, liberando gran carga administrativa y burocrática, abriendo espacios virtuosos donde se promueva el aprendizaje significativo y activo, que incorpore la interseccionalidad de materias y desarrollo de nuestros niños, niñas y adolescentes para impulsar esa creatividad y curiosidad tan necesaria en los ciudadanos del mañana. Donde la propuesta de modelo de competencias sea elaborada en base a la felicidad y el bienestar como algo posible de alcanzar. Donde la cultura y la educación de calidad sean un derecho de libre acceso, pertinente al territorio y a la diversidad cultural. Donde se propicie y refuerce la identificación de competencias esenciales para el desarrollo humano integral de los estudiantes, y de esta forma puedan desenvolverse exitosamente para los desafíos del siglo XXI. Y donde la educación chilena sea un tema comunitario, sistémico, de co-responsabilidad de todas y todos los actores de la sociedad.

Dichos cambios nos invitan a reflexionar como país sobre qué objetivos y prioridades tenemos hoy en materia educativa, permitiendo el surgimiento de nuevas miradas y declaraciones.

Para esto, la innovación educativa tiene mucho que aportar en el ámbito socioemocional e intercultural. Tal vez no sea posible reproducir exactamente “la receta” finlandesa o española, pero sí tomar el ímpetu de avanzar y accionar hacia el cambio de paradigma que necesita la educación chilena.

Fuente: La Segunda

X