[El Desconcierto] Iniciativas científicas chilenas ponen en valor el rol de las ballenas frente al cambio climático

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Boyas inteligentes, señales satelitales y capacitaciones para pescadores y personal naval son algunos de los métodos que se están utilizando en el país, en iniciativas que buscan proteger a las ballenas por su capacidad de secuestrar carbono de la atmósfera.

Una ballena puede medir casi lo mismo que un autobús. Un cuerpo de ese tamaño, es un recipiente gigante de distintos elementos, como el carbono. Cuando una ballena muere de forma natural, se hunde en el fondo del mar y el carbono que llevaba en su cuerpo queda capturado allí por siglos. Pero cuando es cazada o colisiona con un barco y muere en la superficie, el carbono se libera a la atmósfera, contribuyendo al calentamiento global.

La Patagonia Norte de Chile es el lugar de alimentación y cría más importante para la ballena azul del Pacífico Sur Oriental; una población única en el mundo y en peligro de extinción. Pero también es un lugar de paso para miles de embarcaciones, asociadas sobre todo a la salmonicultura. Además del riesgo de colisión y muerte, los barcos emiten sonidos que pueden desorientar a las ballenas e interferir con sus funciones vitales.

Es en estas mismas aguas en que se están realizando los primeros proyectos que ponen en valor la capacidad que tienen las ballenas para secuestrar carbono, y buscan protegerlas por esa razón.

Ballenas vs. barcos

Un mapa interactivo, realizado por investigadores del Centro Ballena Azul, muestra el periplo de una ballena que debe hacerse paso entre concurridas rutas marítimas para poder alimentarse. Entre Puerto Montt y Taitao, lugares que prefieren las ballenas azules, se registra un tráfico de casi mil embarcaciones por día, 700 de las cuales pertenecen a la acuicultura. Justamente en la Patagonia chilena se concentra la segunda industria acuícola de salmón más grande del mundo, con más de mil concesiones ubicadas en las tres regiones más australes del país.

El Centro Ballena Azul lleva casi 20 años estudiando, junto a científicos de la Universidad Austral de Chile, el comportamiento de las ballenas. Con rastreo satelital a más de 20 ballenas que pasan por el sector, han desarrollado un sistema de monitoreo pionero en la región. Esta información, cruzada con los datos de tránsito marítimo entrega información valiosa para proteger a las ballenas.

En la misma línea trabaja la Fundación MERI, que instalará en el último trimestre de este año un sistema de boyas inteligentes que permiten identificar ballenas, su ubicación y su especie, sin causarles daño. La tecnología que se ubicará en la Patagonia se llama Listening to the Deep-Ocean Environment (LIDO) y fue desarrollada en Cataluña por un grupo liderado por Michel André, uno de los expertos más reconocidos en la investigación acústica de ballenas.

¡Alerta, ballena!

La iniciativa Blue Boat generará un sistema satelital de alerta temprana continuo, para avisarle a las embarcaciones de la presencia de ballenas, y que puedan tomar medidas concretas o hacer maniobras para evitar la colisión. El proyecto involucra al Ministerio de Medio Ambiente y a otras organizaciones internacionales. Otro objetivo del proyecto es recopilar datos sobre los servicios ecosistémicos que cumple la fauna marina del lugar.

La iniciativa surge tras más de seis años de expediciones para investigar el comportamiento y circulación de cetáceos en la Patagonia Norte. En sus investigaciones han descubierto que las ballenas se alimentan cerca de la superficie durante la noche; momento en que hay menores posibilidades de avistamiento. Y cuando las ballenas comen, no tienen la capacidad de reaccionar o moverse para evitar una colisión, por lo que este es el momento más riesgoso.

“Con este sistema será más fácil establecer los trayectos que suelen realizar los cetáceos, generando información para que las embarcaciones puedan no solo reaccionar ante una alerta sino también prever un encuentro con estos animales”, explica Ana María Molina, directora ejecutiva de la fundación MERI.

Planificar y prevenir

Gran parte del esfuerzo debe venir desde quienes transitan por la zona, y cómo planifican sus rutas de mejor manera. La fundación MERI trabajó en una serie de talleres con pescadores, personal naval y estudiantes en Chiloé, para concientizar sobre la problemática y el valor de las ballenas, y enseñar cómo identificar especies, reducir la velocidad y otras acciones para proteger a la fauna marina.

A partir de estos talleres, se inició una colaboración con la Gobernación Marítima de Castro y la Armada desarrolló una normativa voluntaria con sugerencias como incorporar vigías capacitados para identificar especies de cetáceos, notificar los avistamientos de forma radial a las autoridades, o establecer máximos de velocidad diurna y nocturna.

Un actor clave para evitar colisiones es la acuicultura, ya que representa la gran mayoría de los barcos que circulan por el sector. Sin embargo, la acuicultura aún no considera los impactos que tendrá el tráfico marítimo en sus estudios de base. Está en proceso actualmente un proyecto de la Subsecretaría Nacional de Pesca, que establecerá metodologías de levantamiento y seguimiento de mamíferos marinos y permitirá generar una normativa de protección para que las actividades productivas minimicen el impacto en ellos.

El valor de las ballenas

La iniciativa Blue Boat de la fundación MERI es una de las primeras en el mundo en poner el foco en el aporte que hacen las ballenas a la mitigación del cambio climático. Con el mismo espíritu, desarrollaron junto a un economista del Fondo Monetario Internacional (FMI) un estudio sobre el valor económico que tienen los servicios ecosistémicos que cumplen las ballenas.

El estudio valorizó entre US$2.280 millones y US$3.000 millones la población de ballenas azules en Chile según los servicios que otorgan, como la captura de carbono. “Valorizar los servicios ecosistémicos marinos es fundamental ya que la economía suele tener como punto ciego los recursos naturales. Desde fundación MERI, creemos que las decisiones en materia de conservación deben ser lo más integrales posibles, asumiendo que no solo existen costos ambientales sino también sociales, culturales y económicos al no proteger ecosistemas marinos y terrestres”, explica Ana María Molina.

Fuente: El Desconcierto

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